Padre Pedro, el ‘ángel mexicano’ de los migrantes

Sobre la sangre de dos migrantes hondureños, construyó un hogar para rescatar del crimen miles de vidas inocentes.

Roberto Alcántara

Al padre Pedro Pantoja le “hierve la sangre” cuando recuerda aquella expresión de un amigo hondureño que, tras narrarle hechos trágicos de su travesía hacia Estados Unidos, expresó: “Para nosotros, migrantes, México es el cementerio de los centroamericanos”.

Este sacerdote jesuita es un icono en la defensa de los migrantes en México. Alto y robusto, de cabellera descuidada y patillas canas, mirada decidida de párpados abultados, y tez curada al sol, el religioso de 73 años recuerda los inicios, hace unos tres lustros, del albergue Belén, Posada del Migrante, en la Diócesis de Saltillo.

Este lugar no nació sólo para dar comida y techo a los migrantes en su paso por la ciudad, sino para salvarles la vida. “Señor, debemos poner una casa, no tanto para darles de comer, sino para tener un lugar para que no los sigan matando”, le dijo Pantoja a su obispo en 2001, y en menos de un año al albergue estaba funcionando.

Meses antes de la fundación, guardias militarizados habían asesinado a balazos a dos jóvenes hondureños, Delmer y David. “Nos manchamos las manos de sangre al recoger aquellos cadáveres”, recuerda.

Migrante en carne propia

Como estudiante de Teología en el Seminario Montezuma en Nuevo México, Estados Unidos, experimentó en carne propia el ser migrante, pues junto con algunos seminaristas trabajó en las piscas de uva en el Valle de la Muerte, California. “Ahí –dice– conocí y trabajé con César Chávez, viviendo las condiciones inhumanas de los migrantes, y al mismo tiempo, atentos a los procesos de justicia que César inició en California y Arizona”.

Desde entonces, Pantoja comenzó a predicar lo que él llama el “Evangelio de la justicia”, que fue tomando rostro con el paso del tiempo. Los últimos veinte años se ha desempeñado como responsable de la Pastoral de Migrantes de esta diócesis fronteriza, una de las más transitadas por indocumentados centroamericanos.

Al religioso lo conoce todo Saltillo, pues no pocas veces ha tenido que dialogar con una sociedad aterrorizada por la nutrida presencia de migrantes que -con el calificativo de “criminales” a cuestas- optan por esta ruta para intentar cruzar por Laredo o Reynosa, en el estado de Tamaulipas.

Si algo le caracteriza es el trabajo arduo. Tiene claro que la vida del sacerdote no debe ser “cómoda ni alineada; y no vale nada si no acompañamos a nuestros hermanos que son aplastados en su dignidad, uniéndonos a los mismos riesgos de miedo y muerte”, mismos que él asume.

Muchas amenazas de muerte son páginas que la delincuencia ha agregado a su currículo. La fuerza para enfrentarlas –asegura– no viene de él, sino de los migrantes y de Dios. Porque al final, lo que hacemos “no es una obra de caridad, sino del ‘Evangelio de la justicia’, que nos dice claramente: ‘no matarás’”.