Opinión: Era forastero y me acogiste

Millones de personas migran en el mundo en busca una mejor vida, ante esta realidad está en nuestras manos empatizar con los que huyen y sufren injusticia.

Jorge Navarrete Chimes

Un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia (Lc 10,36); El anterior versículo muy conocido como parte de la parábola del Buen Samaritano se cita frecuentemente por los partidarios de la ética compasiva o por motivos románticos o emocionales, sin embargo hoy, ante un problema tan serio como el que enfrentamos en relación a las migraciones forzadas, lo retomo para hacer un llamado a la solidaridad, que no es opcional sino de justicia.

Mientras no nos aproximemos a las víctimas o a los heridos del camino, no  podremos considerarnos verdaderamente próximos o prójimos, hermanos o hermanas, sujetos morales y responsables, porque somos responsables de las víctimas, aunque no seamos culpables directos de su desgracia y solo podremos considerarnos plenamente humanizados cuando todos los seres humanos hayan recuperado su dignidad humana.

Vino a los suyos y no lo recibieron (Jn 1,11), la sentencia del evangelio de San Juan adquiere una actualidad ante el hecho en el que millones de personas migran en el mundo de un lugar a otro buscando refugio en tierras extrañas y muchas veces con personas que no los acogen.

La familia de Nazaret en su huida a Egipto se ha solidarizado con los refugiados que son forzados a salir de su país por motivos de guerra, violencia o por desastres medioambientales, sociales, económicos o políticos.

¿Cómo hacemos compatible el evangelio con la realidad social de la migración? El Papa Francisco, interesado en este fenómeno, ha propuesto cuatro verbos que fundamentan la pastoral con los migrantes: Acoger, Proteger, Promover e Integrar.

Cada uno de estos verbos, tienen un profundo arraigo en el Evangelio y en las prácticas sociales de la Iglesia. Desde tiempos remotos la Iglesia ha encontrado en la acogida y el acompañamiento a migrantes un modo de reflejar el amor de la Iglesia por los más pobres.

Hacer vida el Evangelio incluye empatizar con las personas que sufren de injusticias, reconocernos en ellos, sobre todo en un país como México que expulsa hacia el “sueño americano” a miles de personas que a su vez son maltratadas, como nosotros maltratamos y rechazamos a los centroamericanos. Hay que romper  el círculo de la violencia, seamos ejemplo de hospitalidad.

Vengan benditos de mi Padre, porque  era forastero y me acogiste.

*Jorge Navarrete Chimés es periodista. Ha sido conductor, productor de campo, coordinador general y jefe de información, locutor y reportero de radio y televisión, durante más de 15 años. Actualmente es director general del Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (Imdosoc).