Ángelus dominical

P. Eduardo Lozano

NO PUEDO IMAGINAR QUE un médico le pregunte a su paciente cuál medicamento quiere que le aplique: “Oiga doña Gertrudis, ¿quiere que le recete alguna vitamina o un antihistamínico?, o si prefiere puedo recetarle un antiespasmódico o un expectorante; como yo sé que usted es muy sabia –sus años son de respeto- pues le recetaré lo que me diga y en la dosis que lo prefiera; es más, si gusta le puedo recetar muletas o baños de sol; lo importante es que usted decida y yo obedezco”… DE UNA BUENA VEZ –y que nadie se engañe– diré que ese fulano “médico” no pasa de ser un merolico, un oportunista estafador y un buenoparanada; tampoco nadie se espante si percibe que lo dicho llega a suceder en muchos hogares y en una de las actividades más importante y bellas de la familia, como es la educación de los hijos… UNA BUENA MADRE LE DARÁ de comer a su hijo pequeño sin llegar al extremo de preguntarle qué es lo que prefiere entre papas fritas de aparador y un caldo de pollo con verduras; la espontánea lógica de la madre le dicta que su hijo necesita alimento sólido y bien preparado, balanceado y variado; una madre distraída y floja tal vez deje al hijo entretenido con un cerro de frituras y una lata de agua carbonatada en lugar de darle fruta o un vaso de leche… LAS DECISIONES SERIAS e importantes –tanto en familia como en sociedad– no se pueden asumir por mayoría de votos o por modas pasajeras, sino luego de un estudio y análisis, luego del discernimiento formal y sin dejar a un lado valores y principios fundamentales; ¡ah!, y hay que recordar que siempre habrá numerosos ámbitos de la vida en donde vale un rotundo cero cualquier opinión, en donde no se puede trastocar lo más sagrado y trascendental… LA GRAN CAPACIDAD de todo hombre para ejercer su libertad debe ponerse delante de dos bienes y escoger el mejor, o acaso delante de bienes iguales y decidir cuál es el más oportuno; y en el extremo de los casos, ante un mal mayor y otro menor, dando por descontado que nuestra inteligencia siempre se inclinará por la bondad, la belleza, la coherencia, la utilidad de lo elegible, ¡ah!, y sin dañar ni perjudicar a nadie ni a nada… SI QUIERES VER FRUSTADA a una persona (¡ojalá y no!), pues oríllala a que tome la decisión absurda, equivocada, inútil, innecesaria, costosa; pero una decisión así no hace honor a la grandeza de nuestra inteligencia ni a la nobleza de la libertad… ME VIENE A LA MEMORIA lo que hizo aquel hijo del relato evangélico (Lc 15, 11-32) que primero se largó y despilfarró su herencia; y así –de entrada- yo le hubiera dicho que era un tarugo y malnacido (¡ups!), pero mejor me ahorro mis palabras y sigo leyendo hasta el final, pues supo cambiar su destino asumiendo una nueva -¡y mejor!- decisión: “Volveré a mi Padre”, y lo hizo… TAMBIÉN LLEGA A MI RECUERDO lo que dijo un filósofo del siglo XVIII (de apellido Kant): “El sabio puede cambiar de opinión; el necio nunca lo hará”, y es que la vida es una construcción que utiliza leyes y principios, pero sigue valores e ideales; la vida es un camino que sabemos dónde comienza y dónde termina, pero que ignoramos lo que puede suceder mientras lo recorremos, así que hay que estar abiertos a lo imprevisible tanto como a lo mejorable… ME DA MUCHO GUSTO –no dejo de decirlo en serio– cuando somos capaces de corregir, de volver a levantarnos, de limpiar los ojos de lagañas o lágrimas para redescubrir el horizonte y las estrellas; me da gran satisfacción cuando la inteligencia se abre a excelentes razones, cuando la libertad rompe las cadenas más duras de nuestra soberbia y egoísmo, de nuestra desesperación y pesimismo… DESDE ESTAS LÍNEAS mi tarea es predicar el Evangelio y en eso me empeño: seguir insistiendo en las buenas noticias que necesitamos; los que reconocemos a Dios como Padre de todos, los que seguimos a Jesucristo como Salvador del mundo, los que confesamos que el Espíritu de Dios nos empuja a hacer el bien y a evitar el mal, pues no podemos quedarnos callados e indiferentes; así que te conmino –en el mejor de los modos– a realizar tu parte…

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